domingo, 3 de junio de 2012

Preguntas para nuestros hijos


Preguntas para nuestros hijos

Esa primera reunión debería acabar con una serie de preguntas. Cada caso es diferente, pero a continuación incluimos una muestra de lo que se puede preguntar:

  1. «¿Qué puedo hacer yo para mejorar tu vida?»
    Es posible que respondan afirmando cosas absurdas o que no tienen nada que ver. No importa. Estamos brindando a nuestros hijos la oportunidad de una catarsis (un lugar seguro) y también la posibilidad de desahogarse. Además, estamos comenzando a crear un vínculo nuevo que antes no existía. Conviene contar hasta diez y prestar atención. Otra cosa: el mero hecho de escuchar no supone que uno vaya a hacer todo lo que piden.


  2. «¿Hay soluciones intermedias a las que podamos llegar? ¿Qué harías si estuvieras en mi lugar?»
    Esto sirve para hacerlos pensar y también para que se den cuenta de que hablamos en serio. Puede que en realidad tengan ocasión de mejorar su vida, de modo que tal vez aprovechen la oportunidad. Puesto que no vivimos en una burbuja (es de esperar), algunos de los temas de discusión no nos causarán ninguna sorpresa. Conviene estar dispuestos a llegar a algún acuerdo y comenzar a negociar las cuestiones importantes. Hemos de estar dispuestos a ceder algo. Recordemos cómo éramos cuando éramos jóvenes y pongámonos en su lugar.

  3. «¿Es demasiado tarde para que seamos amigos? ¿Me prometes que recurrirás a mí si necesitas ayuda? ¿Volverás a reunirte otra vez así conmigo?»
    Estas son las preguntas importantes y representan el motivo fundamental de esta conversación inicial. Es posible que ellos simplemente hagan ver que les interesan estas preguntas pero que no estén dispuestas a tomárselas en serio todavía. ¿Por qué? Porque no confían en nosotros. A cualquier padre le cuesta aceptarlo, pero así es.
Muchos adolescentes y preadolescentes confían mucho más en alguien a quien conocen desde hace menos de un año y que tiene su propia edad que en los padres que les dieron la vida.

Es posible que hagan falta unas cuantas de estas reuniones especiales; al final, los hijos se acostumbrarán a que:
  • las reuniones no acaban en peleas. (Nos lo tenemos que prometer a nosotros mismos, y harán falta sabiduría y mucho autocontrol por nuestra parte. Si se producen peleas, aunque sólo sea una, se habrá perdido la confianza en todo el proceso. Ya hemos dicho que no sería fácil...)
  • no arremetemos contra ellos.
  • realmente pueden hablar con nosotros sin que vuele todo por los aires. Basta con estar presentes y con prestar atención a sus sentimientos. No tenemos que definirlos duran te esa etapa. No es momento para sermones, ni para sabiduría de adultos. Es hora de sentarse y escuchar.
Al final, según lo que nos han contado muchos padres, podremos hablar sobre la escuela, sus amigos, su música y muchos otros temas que poco a poco les vayamos sacando o que vayan surgiendo... pues sí, hasta de sexo. ¿Para qué?

Nuestros hijos consiguen un amigo nuevo que se llama mamá o papá. Algunos padres hasta dan un paso más y asisten a un concierto con sus hijos, o salen a comprar ropa con ellos, o algo así. Es posible que no sea lo que uno más quiera hacer, pero nuestros hijos no lo olvidarán jamás. ¿Vale la pena el esfuerzo?

¡Claro que sí! Después de todo, ¿no queríamos recuperar a nuestros hijos? 
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